
El Celta vuelve a Europa por segundo año consecutivo y afronta su undécima temporada continental con la intención de llevar también fuera de Galicia algunas de las señas que forman parte de su identidad, como ya pasó la pasada campaña con la pandereta. En esta ocasión, en el intercambio institucional de obsequios, el club regalará a los equipos rivales dos figuras de un clásico futbolín gallego.
El futbolín forma parte de una de las tradiciones más reconocibles de la cultura popular de Galicia. Durante generaciones, bares, cafés y sociedades fueron también lugares de encuentro alrededor de una mesa en la que aquellos pequeños jugadores de metal protagonizaban sus propios partidos. Para muchos gallegos, el futbolín forma parte de la memoria colectiva tanto como el propio fútbol: un lugar de encuentro, competición, amistad y conversación.
Su historia está, además, ligada a un gallego y a uno de los episodios más difíciles del siglo XX español. Durante la Guerra Civil, el poeta e inventor Alexandre de Fisterra, herido y hospitalizado en Madrid, ideó y patentó en 1937 el futbolín pensando en aquellos niños que, como él, no podían jugar al fútbol. Desde entonces, este pequeño juego quedó unido de una manera muy especial a Galicia: una forma de llevar el fútbol allí donde no podía existir un campo.
Con ese espíritu, el Celta ha querido incorporar esta tradición a su recorrido europeo. En cada cita, el club obsequiará al equipo rival con dos figuras pertenecientes a ese futbolín clásico gallego, pintadas a mano especialmente para la ocasión. Una vestirá de celeste y la otra llevará los colores del equipo rival. Serán dos piezas únicas para cada encuentro, concebidas como recuerdo de una noche europea y, sobre todo, como una pequeña forma de compartir Galicia con cada uno de los clubes que el Celta encuentre en su camino por Europa.